sábado, 3 de enero de 2009

Amuleto

Se iba desvaneciendo poco a poco. Su mirada se perdía y entre sus manos rodeaba aquello que supuestamente le rescataría del dolor que la torturó durante meses. Fueron semanas y semanas de ver como ella se iba marchitando, el tiempo borraba cada sonrisa y cada bonito recuerdo lo destruía en un mar de lágrimas.

"¡Él te ayudará!" le decían, y la pequeña sostenía entre sus brazos aquella salvación. "¡Él lo puede todo", y la niña con fuerzas noche a noche, día a día, hora a hora buscaba que el milagro ocurriese, que la vida volviera a su amada madre, pero la desdicha parecía tomar fuerzas desproporcionadas.

La hora llegaba, en cualquier momento daba el suspiro final, llenaba sus pulmones de oxígeno para luego eliminarlo en la última señal de vida que daría. La pequeña lloraba, la abrazaba, la besaba, sin nunca soltar al amuleto que le iba a devolver a la mujer que le dio la vida. Cada respiro era más débil, la niña quería dar su vida por ella pero todo parecía escapar. Maldijo, gritó y lloró con fuerzas.

Sus familiares consternados se daban vuelta a mirarla. ¡Él la salvará! Sí, pero lo que aquella niña no sabía era que salvaciones había por montones. La muerte era una manera de salvarse, aunque para su corta edad sólo significase pérdida y sufrimiento. ¿Acaso esa salvación repararía el dolor y los gritos por las madrugadas? ¿Acaso eso iba a devolverle a quien tanto necesitaba a sus siete años?

El último suspiro, la última esperanza perdida. Totalmente decepcionada arrojó el rosario contra sus familiares, aquellos que la mantuvieron unida a algo que nunca llegó. Las miradas de reprobación no sirvieron, nadie era capaz de entender que una niña tan pequeña comprendía en ese instante que estaba sola. Sola contra la vida y sola contra el mundo, y que ni el mayor amuleto sobre la faz de la tierra iba a devolverle lo que más quería.