lunes, 13 de julio de 2009

El afortunado infortunio de un desesperado viajero

La desesperanza, la maldad, la perdición, todo me empuja hacia el abismo de la putrefacción. Me gritan que salte, que me queme y deje que mis cenizas pasen al profundo y oscuro mundo desconocido que espera por mí. ¿Pero para qué? Este desesperado viajero observa tras él un imperfecto recorrido de caídas y mutilaciones, apenas puede sostenerse pero aún con sus partes desmembradas piensa en que algo habrá que lo haga retomar el camino perfecto que algún día perdió. Tal vez nunca lo hizo, tal vez este es el rumbo que debe seguir y cada parte que pierde es el precio que debe pagar por un trayecto mejor. Tal vez su brillo luce atractivo, los placeres fáciles son el ferviente plato que espera por los débiles, pero yo espero algo mejor, el camino duro y sanguinolento me llena más de dicha que la falsa felicidad cubierta de carnalidad, la profundidad añorada espera algo más que sólo superfluas caricias efímeras que nunca volverán.
La constante alteración de los estados mentales, el éxtasis de la inminente muerte, todo es un mero trámite en un extenso viaje de un desesperado hombre. ¿Pero cómo saberlo? Un sabio una vez, entre matorrales espinosos que rasgaban mi piel, entre fatales pensamientos que parecían escapar en una inminente tragedia, al borde del abismo que me llama constantemente a sus manos, ese sabio me contó la historia de otro ser, ese que derrotó la muralla de la ira y el horror, uno que superó la desesperanza y la cambió por amor. Uno que en este momentos espera al otro lado junto a una familia de luchadores, de valientes viajeros que tomaron la ruta dura y la pasaron, unos que desafiaron la violencia, superaron la maldad y vencieron el terror. Unos que, como yo, estuvieron sumidos en su dolor, podridos de angustia, unos que pensaron que morirían y perderían su alma en el intento. Por eso afirmo frente a ti, oh maldito abismo de mis profundos horrores, que no sucumbiré a tu placentera y falsa tranquilidad, porque extenderé mis brazos para que sean rasgados, colocaré el rostro una y otra vez para que sea abofeteado con la dura verdad para que de una vez por todas logre llegar a la cima, a esa esperanzadora meta que algún día compartiré con los otros que, igual que yo, llegaron del infortunio de esta resistencia dolorosa hasta el más profundo cielo de la felicidad.

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