lunes, 4 de agosto de 2008

Réquiem de un reflejo sin alma



La noche caía al interior de la clínica, y como era normal en la sala de pediatría las cosas andaban lentas y aburridas. Los niños no suelen llegar de noche con enfermedades, y generalmente las pocas que hay son derivados al quirófano porque corresponden a apendicitis o algunos males más graves que una profesional sin experiencia como yo no puede tratar. Lucy, la enfermera me saludaba constantemente pero no era capaz de romper el hielo con "la nueva", varias veces se acercó y tomó mis manos pero no pude salir de la inercia de mi estado. ¿Es eso lo que quieren saber, no?

¿Qué Lucy no existe? Por favor, nos miramos durante horas, atendimos dos casos juntas, ella muy servicial siempre trajo todo lo que yo le pedí. ¿Los casos? Un niño con urticaria y una chica con una amigdalitis purulenta que no la dejaba dormir, nada muy grave ni entretenido que me sacara del estado de aburrimiento en el que estaba sumida. Iré al grano, está bien... el asunto vino después del caso de la niña, cuando las luces se cortaron en toda la sección de Pediatría. El frío ascendió rápidamente por mi piel, intenté ayudarme de la luz del celular pero era escasa. Lucy me dijo que apagara todo, así estaríamos más cerca y unidas, que la oscuridad era capaz de fusionar más fuertemente a dos almas errantes que buscaban una mano.

Allí pude conocer más a la dulce Lucy, era tierna y muy amable, recuerdo muy bien sus dos ojos grandes y blancos que me miraban con tristeza cada vez que yo acariciaba el rostro de la platinada Doctora González. Ella era una mujer muy mala, ¿sabes? Cuando llegué a la clínica nunca me dejó atender los casos más útiles para mi vida profesional, siempre prefirió usarme como su empleada y esclava personal. Le conté todo a Lucy mientras los últimos suspiros de la médico se diluían en el piso con lentitud. Ella me ayudaba, aconsejaba y guiaba en mi travesía por la oscuridad, juntas como grandes amigas que nos convertimos en ese instante que juntamos nuestras manos para jugar y divertirnos con el carmesí que extraíamos de cada uno de nuestros colegas. Juanito, el de la limpieza, varias veces me suplicó que no siguiera pero Lucy me decía que le ignorara, que recordara las veces que se negaba a limpiar la consulta y los saludos omitidos una y otra vez. ¿Para qué considerarlo si él nunca lo hizo?

¿Qué detalles quiere que de, si estoy contando todo tal y cómo fue? Las luces se apagaban con el paso de Lucy, ella me trasladaba por todos los pasillos y convertía en oscuridad todo. Ella me indicaba donde entrar, de qué forma irrumpir y cómo hacer mi trabajo. Yo era sus manos, yo hacía todo por ella, yo era su instrumento y ella la mente perfecta que ideó cada parte, cada exclamación de piedad y liberó a las almas para que le hicieran compañía. Es aburrido estar solo, ¿sabe? Yo la comprendí, yo estaba sola y ella necesitaba amigos con quienes jugar.

¿Que dónde puedo encontrarla? Lucy está aquí, junto a mi, ¿no la ves? Mira, incluso se mofa de tu rostro de pavor y esas marcas rojas que salen de tus brazos, dice que no es necesario hacer tanto escándalo por tan poco. Hubieses visto a Rita, la del casino... digamos que dejamos su presencia esparcida de forma perfecta por todo el pasillo que está aquí afuera, ¿quieres ver? Lucy me dice que veas, ven... ¿Bonito no? El decorado con sus cabellos dorados sobre el mesón de la entrada le da el toque especial para esta noche tan única para mí. Si quieres puedo dejar algún recuerdo tuyo sobre el asta de la bandera para que toda la gente vea tu hermosura allí fuera, porque si hay algo de lo que estoy segura es que eres preciosa.

Quizás nadie valoró eso, tal vez te ignoraron y rechazaron, tal vez no creyeron que con tus problemas podías llegar a ser alguien. Pero ahora demostraste que sí eres fuerte, ¿o no Lucy? ¿Estas allí Lucy? Sí... Lucy está allí, frente a mí, mirando fijamente como lentamente acabo con tu vida, como desmembro cada parte, cada rastro de ti y convierto este instante en el clímax final. Lucy se desvanece lentamente frente a mis ojos, pareciera que el espejo se la traga hasta terminar por ver mi propio reflejo. Ese de una mujer vestida de enfermera de gran pasión por los niños, ese el de una mujer con ganas de aspirar a más, con ganas de conectarse con la mayor vocación de su vida, limitada por las causas y las circunstancias... ese que ahora se desvanece en carmín y dolor, ese que tendido en el espiral de la obsesión estalló, mutiló y se automutiló, ese reflejo que nunca existió.

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