Miraba como todas las noches mí alrededor. Mientras acariciaba la blanca sábana que colgaba de mi cama, su mano se encontró con la mía.¡Era ella, al fin estaba aquí!.
Subí mi mirada, y su blanca sonrisa que se mezclaba perfectamente con su azules y redondos ojos alegraron mi vida. Siempre a la misma hora ella venía a darme su amor, a decirme que me quería. Laura se puso de pie y caminó dentro de mi pequeño dormitorio blanco. Se acercó a la ventana y comenzó a mirar la luna fijamente. Me levanté y caminé lentamente apreciando su perfecto cuerpo y su largo pelo rubio que caía como una gran cascada hasta el final de su espalda. Dio la vuelta, y sus rojos labios dijeron la frase que más detesto en la vida.
- Las pastillas – dijo.
Intenté huir pero no fue posible. Marta se convirtió en un horrible monstruo que me perseguía intentando borrar al ángel de mi vista. Su rubio pelo se convirtió en un desordenado y rojo cabello, de su blanca sonrisa sólo quedaban un par de dientes amarillos, y de aquella dulce mujer ya nada había.
- Así es Carlitos, ahora trague – exclamó la mujer, mientras tomaba con sus dos manos mi boca y me metía la pastilla a la fuerza.
Mis ojos pesan, todo se vuelve cada vez más difuso. Así es como el monstruo me quita su amor, pero no sabe que mientras sueño Marta me toma mis manos y nos amamos intensamente. La luz se apaga, ella regresa.
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